#1 Antonio Díaz Oliva: “Escribo porque estar con vida es algo bastante absurdo”

Una conversación sobre el fracaso y sobre la escritura. O sobre el fracaso de la escritura en tiempos de Covid-19.

Hola, te doy la bienvenida a la primera entrega de Hipergrafía. La idea inicial de este boletín era entrar en la casa de escritoras y escritores para conversar y fotografiar sus procesos creativos. Por la pandemia del Covid-19 cambié de planes y opté —durante esta cuarentena— por realizar entrevistas a distancia, a través de mensajes de voz de Whatsapp.

Si quieres suscribirte, ingresa tu correo acá abajo. 👇

Mi primera conversación es con el periodista y escritor chileno Antonio Díaz Oliva, que reside en Estados Unidos. Antonio está ligado al periodismo cultural y su primer libro fue Piedra Roja (Ril, 2010), una investigación sobre los mitos en torno a un festival hippie que se hizo en Chile en 1970. También es autor de la novela La soga de los muertos (Alfaguara, 2011) y de los conjuntos de relatos La experiencia formativa (Neón, 2016) y La experiencia deformativa (Neón, 2020), que pronto circulará en Chile y Estados Unidos. Además de editar antologías de latinos y latinas que escriben en Estados Unidos, ha sido traductor, profesor universitario y ghostwriter. En Culto puedes leer parte de su labor periodística y en su sitio web puedes conocer su trabajo en extenso.

En este boletín presento una versión condensada y editada de nuestro intercambio de mensajes. El audio completo de esta entrevista está disponible en Soundcloud y Youtube. Si quieres, ¡suscríbete!

—Hola Antonio, bienvenido a esta entrevista a distancia de Hipergrafía en cuarentena. ¿Cómo estás viviendo el día a día de la pandemia de Covid-19 en Estados Unidos? Me comentabas antes de empezar que en este momento estás en Florida pero resides en la ciudad de Nashville.

Sí, estoy en el sur de Florida, como a dos horas de Miami, que es donde viven mis suegros. Y llegamos la semana pasada con mi chica a verlos, antes de que el Corona se volviera aún más grave. Nos cancelaron el vuelo de vuelta hacia Nashville, y vamos a tener que mañana manejar desde acá hasta Nashville. La manera en que estoy procesando esto es como una novela por entrega. Todas las mañanas me despierto, inevitablemente escucho la radio pública gringa para ver qué está pasando. Y sabemos hacia dónde va un poco, pero también no sabemos qué va a pasar; también están las elecciones, las primarias demócratas, y en Chile está el plebiscito. Como que hay varias cosas dando vuelta y hay una sensación media extraña en el ambiente. Yo que crecí en la época del manga, del animé, esas cosas, toda la imaginería apocalíptica, distópica, post-apocalíptica, siempre ha estado en alguna parte de mi cabeza. Siempre me acuerdo de eso en estos momentos y no sé si me hace bien o me hace mal.

—Esa sensación medio extraña que describes creo que es bastante extendida en estos días porque es algo a lo que no nos habíamos enfrentado antes con esta magnitud. A propósito de las referencias que hiciste sobre esta imaginería apocalíptica o distópica, ¿hay algún libro, un título en particular que siga resonando en tu cabeza en estos días?

Sí, hay varios libros. Uno altiro se pone a pensar en referentes y películas, libros, cómics, cosas que le den sentido a lo que uno está experimentando. Uno es el manga Akira, que en los años noventa era difícil conseguir el VHS. Recuerdo haber ido al Persa Biobío y haber salido con dos VHS, dos cassettes, de Akira en japonés, sin subtítulos. Y después recuerdo que lo daban en Chilevisión, un doblaje, como a las doce de la noche, porque duraba como tres horas; entonces me quedaba dormido y despertaba en medio de las escenas apocalípticas. El otro es La carretera de Cormac McCarthy que me hace mucho sentido, porque en esa novela los protagonistas, el padre y el hijo, caminan justamente por una carretera donde está el detritus del capitalismo. Hay una escena en que el chico encuentra una lata de Coca Cola, una de las últimas latas de Coca Cola, y se la toma y obviamente el padre recuerda cuando había Coca Cola y el significado que tenía. Por algo Cormac McCarthy usó una Coca Cola. Y el tercer libro que releí hace poco y que me hace sentido en estos momentos se llama Mi año de descanso y relajación y es de una autora estadounidense que se llama Ottessa Moshfegh y es sobre una chica millonaria, gringa, que vive en el barrio más cuico de Nueva York y se encierra por un año. Me hizo mucho sentido ese libro porque es alguien que quiere evadir la realidad, que es básicamente lo que muchas personas quieren o queremos.

—Hace algunos días terminé de leer La experiencia formativa y subrayé una reflexión de uno de los narradores, cuando se pregunta: “¿Hay alguna forma de curar nuestro fracaso?” Esto en el contexto de estos programas de escritura creativa y la reinvención de quienes cursan estos programas, abandonando lo que eran antes y lo que podrían llegar a ser. ¿Cómo ves esa dimensión [del fracaso]?

En ese cuento ["Prefiero a mi mami"] el fracaso, por lo que recuerdo cuando lo escribí, tenía que ver con el mismo acto de escribir, que en sí es fracasar, porque uno siempre tiene un deseo, una inspiración. Cuando llevas eso a la escritura nunca la idea que tú tienes es la misma que se traduce en el acto de escritura y el resultado siempre termina siendo diferente. Uno descubre lo que ha escrito una vez que lo tiene por escrito. En ese cuento, que es paródico y que me río del concepto de escritura creativa —yo le pongo "escritura curativa"—, tiene que ver con esta idea de que uno tiene una meta en la vida o como que sólo hay una profesión para uno. No me parece muy interesante. Me interesaba hacer un cuento sobre gente que ha tenido que cambiar de carrera, que ha tenido que hacer otras cosas con su vida, que ha tenido que decir adiós a años de entrenarse para ser el mejor fisicoculturista, como el narrador de ese cuento. Tiene que empezar otra cosa. ¿Cómo se puede procesar ahí el fracaso? Ahí es cuando entra la escritura, que en eso sí estoy de acuerdo: la escritura te puede ayudar a sanar, a entender, a reflexionar, a ver, empatizar, también a odiar. Es la terapia más barata la escritura.

—Una de mis inquietudes personales es sobre cómo el hogar de un escritor/periodista freelance se constituye no solamente en un lugar de trabajo, sino que también en un espacio de creación. Quería pedirte si nos puedes narrar cómo es tu espacio de escritura, de qué está hecho: si hay rutinas, hábitos, objetos, recuerdos. Y cómo sientes que ese espacio se modificará —o no— en esta época de cuarentenas y distanciamiento social.

En la casa donde yo vivo tengo una vista a un parque chico. Tengo una suerte de estudio, que es donde también duerme mi perra, que se llama Agnes Grey, como la novela de Anne Brontë. Obviamente hay también un armario lleno de cachureos. Y es bastante desordenado. Tengo un escritorio un poco viejo con la vista al parque. Y ese es mi lugar de trabajo. También hay un café al que voy, que está como a veinte minutos caminando de acá, y siempre esa caminata me sirve mucho para aclarar ideas, para ir pensando, antes de llegar al café. Si es que estoy escribiendo ficción en el café, llego y no me gusta que haya internet; hasta el momento nunca he pedido la clave del internet y siempre he ido para escribir, para leer, para que ese sea un momento muy de creatividad, lo cual es muy difícil con el teléfono, con la hiperconectividad. Lamentablemente, ese café ahora está cerrado en estos días, echaron a la gente que trabajaba. Voy a tener que adaptarme a trabajar desde la casa. Y el problema de trabajar desde la casa es que es el lugar donde hago el freelance, donde hago el periodismo, donde hago las cosas que tengo que estar más conectado, entonces siempre estoy con el teléfono al lado o estoy con la radio prendida. Es el lugar donde se cruzan más cosas. No hay tanto momento para el silencio y para poder estar ahí escribiendo. Ese es el cambio que se viene. Hay que adaptarse nomás. 

—Ahora, por lo que dices, ambos procesos [escritura de ficción y no ficción] deberán convivir en un mismo espacio. ¿Lo ves como algo creativamente productivo o potencialmente complejo de manejar, precisamente por esas distracciones que mencionabas?

Sí, va a ser creativamente conflictivo. Son dos procesos creativos, porque también la no ficción, el periodismo y todo tipo de escritura yo considero que de alguna forma es creativo. La no ficción y la ficción siempre se están retroalimentando, siempre hay cosas que, si estoy escribiendo un artículo, un podcast o lo que sea, eso también termina influyendo en la ficción, en mi proyecto más personal. Siempre me ha interesado que existan esas vías de comunicación entre lo uno y lo otro y me imagino que ahora van a acrecentarse un poco más. Y, por ejemplo, un autor que justo hace un poco estuve leyendo su último libro de artículos y ensayos, Emmanuel Carrère, el francés, es un autor que ha hecho un poco eso, que ha confrontado esos dos mundos, el de la no ficción y el de la ficción, y ha traído un resultado interesante. 

—En cierta etapa de la vida la escritura desembarca en la vida de algunas personas y luego parece no irse, sino que se mantiene, persiste, te acorrala, te apasiona, te aflige, te somete a un sin número de sensaciones y emociones. En ese sentido te quería preguntar: ¿por qué escribes?

Escribo porque estar con vida es algo bastante absurdo, especialmente en estos momentos. La escritura es la única forma de darle forma, de formar y deformar aquello absurdo. Ese siempre ha sido mi idea detrás de querer escuchar, querer leer y querer narrar historias. Creo que la narración, el storytelling, es una forma de crear una cadena, y esa cadena justamente nos encadena con otros seres humanos que han existido y que van a existir. Y si bien hay momentos en que esa cadena se rompe, bueno, en algún momento se puede recuperar, quedan por ahí historias escondidas en alguna parte, que vuelven a surgir como papiros en una botella que se encuentran por ahí. Más o menos es eso, siempre ha sido mi idea, un poco a lo Samuel Beckett. Siempre me ha gustado ese acercamiento a lo absurdo que tiene.

—Antonio, llegamos al cierre de esta conversación de Hipergrafía a través de mensajes de voz de Whatsapp. Quería pedirte si podemos cerrar con dos recomendaciones. Primero, si hay algún libro que te haya volado la cabeza y que te gustaría que todos leyeran. Y lo segundo pensando en quienes se están iniciando en la escritura: ¿algún consejo que quieras entregar a partir de tu experiencia que pueda servir para lidiar con ese proceso?

Bueno, primero muchas gracias por la invitación. Segundo, un libro que me haya volado la cabeza en el último tiempo —en el último tiempo, digo, últimos cinco años— y que todavía resuena es un libro que se llama El libro de mis vidas de un escritor bosnio, Aleksandar Hemon. Él nació en Sarajevo y viajó a Estados Unidos en los años 90 con una beca para pasar unos meses acá. Mientras tanto explotó la guerra en su país de origen, y se quedó atrapado acá. Y tuvo que aprender inglés, reinventarse, negociar un poco con la memoria y todo eso. Ese libro me sigue resonando y lo he leído más de cinco veces. Y también me ha servido para aproximarme al inglés como segunda lengua. 

Y en cuanto a los consejos, varios, pero así al voleo: 

  • Uno, leer mucho y leer libremente; con esto me refiero a que si hay algún libro que te está aburriendo, hay que dejarlo de lado. Hay que ser irresponsable con la literatura. 

  • Dos, escribir mucho y también libremente; hay que aprender a reconocer la creatividad en uno. 

  • Tres, formar y deformar; con esto me refiero a que cuando uno empieza a escribir y a leer uno tiene como un modelo, o uno tiene ciertos autores que te gustan y un cierto estilo de escritura y estás leyendo de cierta manera. Es importante en algún momento ir en contra de eso y deformar ese modelo, porque te va a llevar a nuevas formas de creatividad. 

  • Cuatro, hay que aprender otro idioma, ojalá aprender dos idiomas más, y traducir; la mayoría de los traductores que me gustan y que han conseguido darle forma a su voz son escritores que por alguna u otra razón han circulado entre varios idiomas. 

  • Y cinco, hay que escribir sin pensar en los demás, sin pensar en las modas; no porque a la literatura de los hijos le vaya bien hay que escribir sobre eso, no porque el estallido social va a conseguirte más notas en los diarios hay que escribir sobre eso. Uno tiene que escribir sobre eso si es que te dan ganas, si es que viene más bien de la tripa antes que de una idea de posicionarse. Hay una frase de Marcelo Chiriboga, el ya olvidado escritor del boom ecuatoriano, que dice "los jóvenes deben escribir como si no tuvieran un país". Y ese creo que me parece es el consejo de escritura más importante.


Amigas y amigos de Hipergrafía, muchas gracias por suscribirse y leer. Mi intención es hacer al menos una entrega mensual de este boletín durante el 2020. Es decir, un mínimo de diez entregas durante este año. Si logro mantener esa frecuencia, me gustaría reunir las entrevistas en un libro. Es un sueño pero lo escribo para que parezca más real.

Si quieres apoyar mi trabajo puedes hacer una donación única utilizando PayPal. Si tu generosidad es más permanente tengo un Patreon donde puedes aportar desde 1 dólar mensual utilizando tarjeta de crédito. Todo aporte permitirá que este boletín crezca, mejore y circule para que más personas lo puedan disfrutar.

Si llegaste hasta acá, quiero pedirte un favor enorme: comparte este boletín. Y el podcast. O ambas cosas. El boca a boca es fundamental para llegar a más personas, especialmente aquellas interesadas en los libros y en la fascinante complejidad del acto de escribir.

Me puedes seguir en Twitter e Instagram, donde hablo de periodismo y libros.

Saludos y buenas lecturas,

Patricio Contreras