Nicolás Rojas Inostroza: "La curiosidad es mi gran motor"

Una entrevista sobre la escritura de un hombre ordinario en un contexto extraordinario.

¡Hola! Esto es Hipergrafía, un boletín atendido por su propio dueño y que presenta entrevistas en profundidad sobre la intimidad del proceso de escritura. Gracias totales a las casi 200 personas que se han suscrito. Al final de este correo sugiero ideas para apoyar mi trabajo. Si crees que estas entrevistas son de interés para otras personas, reenvía este correo.

En esta cuarta entrega de Hipergrafía entrevisté a Nicolás Rojas Inostroza, un periodista chileno que hace más de tres meses que no puede salir de Sheki, un pueblo al norte de Azerbaiyán. No conoce el idioma y las costumbres le son ajenas. Vive con una familia de musulmanes, se comunica con gestos y ha formado amistades. Es el único chileno en ese lugar. Un día vio un oso que se paseaba por las calles de Sheki. Otro día ayudó a reparar un puente con piedras. Cada día vive algo nuevo. Y está escribiendo sobre esa experiencia.

Nicolás es un alma curiosa, fanático de la fotografía, amante de los perros y hacedor de cuentas de Instagram, como @aloperritogram y @museodelapropaganda. Tiene, además, un hermoso libro sobre los juegos de apuestas y azar, titulado Grito y plata (Letra Capital Ediciones, 2016). Es, también, un gran amigo. Nos conocemos hace más de una década. Hicimos juntos nuestra práctica profesional y con nuestro amigo Pablo Espinosa cofundamos Ojo en Tinta.

Esta entrevista es sobre la escritura de un hombre ordinario en un contexto extraordinario. Son sus palabras, no mías. Acá puedes leer una versión editada y condensada de nuestro intercambio de mensajes de voz, que se prolongó por casi dos meses. El audio está disponible en Soundcloud y Youtube.

Espero que la disfrutes.


—Nico, espero que este mensaje te encuentre bien. El Covid-19 te pilló en Sheki, un pequeño pueblo en Azerbaiyán, donde —al momento de iniciar esta entrevista— ya llevas seis semanas viviendo en una pieza, con una familia musulmana. ¿Qué fue lo que pensaste y sentiste cuando se anunció la cuarentena total en Azerbaiyán y no pudiste salir?

Hola Pato, qué gusto saludarte. Y qué honor formar parte de tu nuevo proyecto Hipergrafía. Les cuento un poquito qué pasó antes de saber que me quedé atrapado. Yo estuve antes en este viaje en Georgia, en Tbilisi, que es la capital. Y después de eso, preguntando ahí por dónde seguir el viaje, me hablaron de Azerbaiyán. Una noche tomé un tren desde Tbilisi hasta Bakú, que es la capital de Azerbaiyán. Estuve una semana allí y luego decidí venir a este pueblito, una ciudad histórica que es patrimonio del mundo por la Unesco. Yo pensaba quedarme siete [días]. Conocí a un chico que se llama Namig Aslanov, un cantante y profesor de música. El último día que me quedaba, que era el sábado, él me dijo que tenía que trabajar cantando en un matrimonio. Nos juntamos a cenar en el restorán donde él trabajaba y probé el tradicional piti, que es un jarrito de greda que se pone al horno durante seis o siete horas con carne, con un pedazo grande de grasa, también va con garbanzos con distintas especias y te queda como una sopa. Esa noche, siendo ya casi las doce y media, yo tenía que tomar un bus el día siguiente, a las once y media de la mañana. Me vino a dejar Namig en su auto, un Lada blanco, y nos quedamos en pana. Así que fue una situación bien particular, pero logramos salir del problema. Y cuando llegué a mi casa había recibido un mensaje que me preguntaba si había podido viajar a Georgia. El mensaje venía con una noticia del gobierno de Azerbaiyán que anunciaba que las fronteras iban a cerrar por 10 días entre Azerbaiyán y Georgia. Curiosamente, mi viaje no había sido muy planificado y estúpidamente planifiqué bien este mes que venía. Eso me hace pensar también sobre nuestra capacidad sobre los planes y el futuro. Estaba más acertado el método anterior. Fue una sorpresa. Pero debo confesar que también fue un alivio, porque me ahorré hacer la maleta, que es una de las cosas que más me cuesta y como la maleta va medio llena, me cuesta cerrarla siempre. Así que esa fue mi pequeña alegría de quedarme un tiempo más. 

—Has comentado en otras entrevistas que estás conviviendo con una familia musulmana y me interesa que nos cuentes cómo ha sido esa interacción con estas personas en términos de idioma, de costumbres, de religión y de uso de los espacios. 

Hoy día compartimos la cena y nos reímos mucho, básicamente porque, bueno, uno de los hijos sí habla inglés, entonces permite que podamos comunicarnos, pero él no estuvo tres o cuatro días anteriores. Entonces, es como fluctuante, a veces está, a veces no, y nos reíamos de, no sé, de algunas palabras que yo entiendo mal, de situaciones que pasan en la cotidianidad. Les cuento un poco lo que cené hoy día: un plato con una sopa de garbanzos con carne de cordero, con papas, con especias, una ensalada, una especie de pebre, muy rico, un té en un vaso de vidrio. Se toma mucho té acá, en una comida puedes tomar tres o cuatro vasos de té. Y luego vino la miel, trajeron una miel de un lugar cercano. Acá todo es como artesanal. Los huevos son de aquí, la miel es de aquí, los corderos son de aquí, la fruta y verdura son de aquí también. Y bueno, ha sido súper interesante, no sé, estar en un cumpleaños, terminar jugando lotería con esta familia. A veces la comunicación es muy breve con Google Translate, yo escribo algo, le pongo traducir al azerí y se los muestro y ellos me dicen algo, me lo pasan de vuelta. Pero mucho gesto y mucha seña, y siento que hay mucho cariño. Ya nos dijimos que nos íbamos a echar de menos cuando esto se acabara, así que yo creo que es muy mutuo.


¿Te gusta lo que has leído? También puedes escuchar la entrevista. 🎧


—¿Hay alguna palabra que te permita moverte en el día a día que hayas incorporado a tu diccionario?

He aprendido pocas palabras, curiosamente. Por ejemplo, para saludar uno dice “salam” o para agradecer uno dice “sağ ol”. Las otras palabras me las han dicho pero no sé por qué me cuesta mucho memorizarlas. Quizás porque no las estoy leyendo, no las estoy asociando con algo más visual. Pero sí, tristemente solo puedo reportar el aprendizaje de esas dos palabras, que por cierto las ocupo mucho. Son mi comodín sin fin.

—¿Nos puedes contar un poco más cómo es tu oficina móvil? Porque ya llevas un año y medio recorriendo más de 35 países. 

Mi oficina móvil no es muy grande, no tiene muchas cosas por un tema de espacio y está compuesta básicamente por una mochila negra, una mochila grande, donde va el computador, un notebook, donde puedo escribir y puedo revisar los correos, también donde cargo las fotografías que voy tomando en el viaje. También el teléfono, que para mí ha sido fundamental en el sentido de que me permite tomar fotografías. Yo no traje una cámara de fotos para el viaje, pese a que voy a hacer un libro de fotografías. Y a propósito de esta oficina, ya me imagino que hablaremos del proceso de escritura, pero para mí ha sido muy útil la cámara como un aliado, ayuda memoria y dispositivo cronista. Yo te voy a contar más en detalle por qué, pero ha sido un método que me ha facilitado mucho poder registrar tantas cosas distintas. Y como no tengo espacio para tantas libretas ni el tiempo para sentarme a escribir en cada lugar, una foto puede ser un súper buen recurso para luego mezclarse con la memoria. 

—Hablemos de tus proyectos editoriales y empecemos por ese libro que mencionas con fotos de tu viaje. ¿Era algo que tenías planeado desde el principio o la idea de libro apareció al ver que ya habías acumulado material visual de las distintas ciudades en las que estuviste? 

Sí, el libro se fue perfilando con el paso del tiempo. Mi viaje inicialmente después de Barcelona solamente era —con mi mamá y mi tía— Egipto, Marruecos y Túnez. Ya estando en Túnez, que era el último destino, me dieron las ganas de continuar el viaje solo. Y como tenía tiempo y dinero decidí ir a Grecia. Después el viaje empezó a tomar otros rumbos. Estuve en Serbia, después estuve en Bosnia, después recorrí la ex Yugoslavia y siempre tomando fotos. Desde el colegio que me ha gustado la fotografía. Un poco con mal de Diógenes, porque hay lugares a los que he ido en que he tomado tres mil fotos. Ahora estuve viendo las carpetas y ya hice una preselección para este proyecto de libro que tentativamente se llamará Fuera del país. El libro va a estar estructurado en la idea del viaje con elementos propios del pasaporte, como timbres, como documentos, las entradas de museo, tickets de micro, tickets de tren, en distintos idiomas. 

—Cuando se decretó la cuarentena en Azerbaiyán hubo una frase que escuchaste reiteradamente: “All the borders are closed”, todas las fronteras están cerradas. Entiendo que ese sería el título tentativo de un diario de viaje que estás escribiendo. ¿Es solamente sobre tu estadía obligada en Sheki? ¿Es posible que nos leas un adelanto?

Efectivamente, eso lo escuché mucho en los primeros días y lo sigo escuchando. Te respondo un 6 de mayo. A las 19 horas. Todavía hay luz y está lloviendo. Tuvimos dos días muy bonitos, lunes y martes. Y fue más bonito porque para que vean también cómo va cambiando la situación: el día lunes se levantó la cuarentena total en el pueblo. Bueno, lo que decías tú, ese es el título tentativo y ya voy en la página 113. Solamente va a abordar este periodo porque me permite un poco —un poco harto— acotar la mirada y centrarme en esto. Una vez escuché una entrevista de alguien que describió un personaje como un hombre ordinario en un contexto extraordinario y creo que tengo la suerte de ser un chileno cualquiera en una situación extraordinaria en un país súper distinto. Y esa es la idea de recogerlo en un libro. Mis disculpas porque esto no está editado, pero va con mucho cariño para quienes se quieran hacer una idea de cómo viene el libro: 

“¿Sheki?”, me pregunta una mujer antes de subir al tren en el andén 2 de la estación central de Bakú. “Sorry, what?”, pregunto nuevamente y le muestro el billete celeste escrito en azerí. Ella se empieza a reír y me apunta el boleto. "Sheki, yes, you are going there". Miro el tubo del que sale vapor del vagón en la oscuridad. Otra señora me acompaña hasta mi compartimento. Son cuatro camarotes abatibles en una pequeña sala con una mesa al centro. Cuando entro, un hombre joven me saluda. Es calvo y está sentado, absorto en su celular. "Where are you from?", pregunta con esa universal forma de iniciar una conversación. Él se llama Enver, es dentista, está casado y tiene dos niños. También tiene 30 años. Yo podría ser Enver si me hubiera tocado nacer en este lado del mundo. Yo me llamo Nicolás, soy periodista, soltero, sin hijos ni trabajo. ¿A qué me dedico? A viajar, hasta que se me acabe la plata. Me cuenta que su familia lo empezó a presionar para casarse a los 25 años y que estudió para dentista porque su mamá le dijo que debía estudiar eso. No es su pasión pero “it works”. O sea, funciona. Le digo que me intriga saber lo que se siente cuando eres padre y te pasan para siempre a un pequeño ser que se parece a ti. Enver me responde que no es tan emocionante, pero que sí es mucha responsabilidad. Él tiene que trabajar en Bakú y para mejorar sus ingresos tiene que atender dos veces por mes en el pueblo de Zaqatala. Por eso nos encontramos aquí esta noche, pero él se baja dos estaciones después que yo. 

—Gracias por compartir esa lectura del material que estás trabajando. ¿Qué cosas de tu experiencia en este encierro sientes tú que vale la pena consagrar en la escritura? 

Te cuento que estoy ahora en la plaza que está cerca de mi casa, con un parque que tiene el nombre de un escritor que no recuerdo pero ayer me contaron [Füzuli adına park]. Y estoy en un lugar que me gusta mucho, que es una especie de casa de té. Imagínense un parque, muchos árboles grandes y una casa que es color burdeo, dice afuera "Café Bahaar" y estoy acá, está nublado y estoy en una mesa aquí afuera. Sobre la selección creo que es súper interesante pregunta. Le envié a un amigo mío, a Javier Bertossi, el borrador del primer libro, de las primeras sesenta páginas. Y él me ponía en sus apuntes: “Aquí falta más contexto”. Que cuente más sobre el país, sobre la geografía, sobre la historia, pero yo le respondía que no es mi intención porque es un diario de viaje y mi idea es que el lector vaya descubriendo conmigo la cultura. No sé, yo aprendo que este país es rico en petróleo y en gas porque me lo dice un personaje. Hoy día es un día especial, se conmemora el triunfo de la Unión Soviética sobre los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Ahora al desayuno, Elshad, con quien vivo, me contaba que habían ido miles de azerbaiyanos a pelear a la guerra. Creo que me dijo seiscientos mil, enviados por la Unión Soviética. 

—¿Qué libros se te han venido a la cabeza durante tu cuarentena en Sheki? ¿Son libros que abordan el viaje, sobre encierros, sobre personas atrapadas, sobre personas frente a lo desconocido? 

Me costó acotar así que hice un listado en la mañana para comentar un poco cuáles libros me acompañaron durante este viaje, que partió en enero de 2019. La Biblioteca Pública Digital ha sido una gran aliada porque obviamente no ando con los libros impresos. Lo primero que les quería contar es el libro Violeta Parra. La guitarra indócil de Patricio Manns, quien conoció a Violeta Parra y en este libro se describe a la Violeta cotidiana. Aquí junto a mí tengo un libro que compré en Coimbra, una ciudad chiquitita de Portugal que es famosa por su universidad. Se llama Libro del desasosiego de Fernando Pessoa, un tremendo escritor portugués que no alcanzó el reconocimiento en vida pero que póstumamente es sin lugar a dudas el escritor portugués más trascendental. Hay un libro de cuentos de Hebe Uhart. Se llama Del cielo a casa y tiene varios cuentos vinculados con viajes. Hay uno en particular que es de un grupo de escritores latinoamericanos que son invitados por una universidad alemana a estos departamentos de estudios latinoamericanos. Es súper interesante cómo describe esta visión de lo europeo, esta visión y esta curiosidad de lo latinoamericano desde Europa. Para mí también ha sido un tema ver Latinoamérica desde fuera en este viaje. 


¿Qué libro de viaje no puede faltar en ninguna biblioteca? Responde este correo y cuéntame. Las mejores recomendaciones irán en el destilado de libros #4 de Hipergrafía. Si te interesa, el destilado anterior fue sobre libros de ciencia.


—En tu libro Grito y plata te sumergiste en el mundo de los juegos de azar, de las apuestas. En Instagram tienes una cuenta sobre perros y otra del museo de la propaganda. El libro que hicimos junto a Pablo Espinosa era de entrevistas radiales sobre el libro. Y ahora estás preparando el libro de fotografías y el libro de viaje en Sheki. ¿Por qué escribes?

Hay un restorancito que es como una picada que se llama Fontana; te respondo la pregunta desde aquí. Estoy muy contento porque tengo una bandeja de pan fresquito, un schop de la cerveza local de Azerbaiyán y una paila muy caliente de una comida que se llama pomidor-yumurta, huevo con tomate revuelto, que me ha fascinado, y que tiene cilantro al centro. Mientras se enfría voy a responder esta pregunta. ¿Por qué escribo? Creo que básicamente por entretención, por plasmar todas estas cosas que he podido ver en algo que quede en un libro, al menos en mi biblioteca. Creo que es una deuda personal después de este viaje culminar con algo para cuando la memoria flaquee. Ahora es más fácil con los videos, con la fotografía, pero aún así hay cosas que yo vi hace menos de un año o hace algunos meses y en el proceso de revisión para el libro de fotos ya no me acordaba, pero al ver esas fotos y haciendo un pequeño esfuerzo sí podía darle un relato. Bien curioso cómo funciona la memoria. Otra cosa que me ha pasado en el viaje es estar en algún sitio, sentado, leyendo, escribiendo, y que se te vengan a la mente recuerdos muy fugaces de haber estado en tal o cual sitio, pero que no son particularmente relevantes. Son como unos flashbacks random de momentos que en su momento no parecieron importantes pero que ahora de la nada vuelven a aparecer en la mente. La curiosidad es mi gran motor, creo que también de todos los periodistas que vivimos de preguntar. 

—Nicolás, hemos llegado al final de esta entrevista de Hipergrafía. Aprovecho de pedirte si puedes dejar un mensaje final dirigido a todas aquellas personas que, como tú, se pusieron a escribir durante esta pandemia. ¿Qué les dirías?

La última respuesta te la envío desde el primer lugar, el primer lugar que me llamó la atención para venir a Sheki. Estoy hablando de la Ciudad Vieja, una ciudad amurallada, lo más alto de esta ciudad, rodeada de montañas, en plena primavera. ¿Qué le diría a las personas que están escribiendo en cuarentena? Creo que no mucho más que manifestarles mi curiosidad por saber o por conocer sus escritos, por saber cómo vivieron la cuarentena desde su realidad. Solamente esa curiosidad por poder leer esos textos. Todas las personas que tengan la curiosidad de emprender un viaje, les quisiera decir que, bueno, esperen cuando pase esta fase tan terrible de la pandemia, pero quiero invitarlos a que respiren profundo y tomen la decisión de viajar, porque es una experiencia que en verdad los va a  remecer, los va a sorprender, les va a permitir hacerse nuevas preguntas, les va a enseñar a mirar o a tratar de sacarse un poco la matriz cultural que tenemos, que es de un sistema en el que hemos crecido pero también les va a permitir ver que hay otros sistemas posibles, hay otras formas o prioridades de vivir la vida. Si está pensando en algún destino, en hacer algún viaje, que cuenten con toda mi ayuda las personas que quieren hacerlo para que podamos leer más libros sobre viajes, para que podamos ver más fotos de lugares distintos, y para que podamos conocernos más entre esta casa tan grande que se llama mundo pero que compartimos pese a las diferencias idiomáticas y culturales. Compartimos la humanidad. Las personas somos las que vamos a cambiar el mundo para mejor y eso se construye día a día en las acciones. No en las acciones de la bolsa —ya vemos que ese sistema está en crisis—, digo en la humanidad de nuestras relaciones. 


Muchas gracias por leer hasta acá. Esta entrevista se extendió por casi dos meses: una hora y 45 minutos de conversación a través mensajes de voz de Whatsapp, casi 15 mil palabras de transcripción. Fue un arduo proceso de producción y edición, pero lo disfruté. Y lo seguiré haciendo.

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Saludos y buenas lecturas,

Patricio Contreras